Madurez deseada y precozmente rechazada

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Madurez deseada y precozmente rechazada.

Es un completo sinsentido. Desde el momento en que nacemos y a medida que vamos creciendo, el mundo de los mayores se nos torna espléndido. Lleno de posibilidades que distan años luz de nuestras limitadas capacidades... lo vemos como un submundo a rebosar de poder, sin prohibiciones. Sin duda un suculento caramelo para el pobre de nosotros que, sin haber superado nuestra más tierna infancia, es blanco de toda imposición, con la excelente excusa por parte de los mayores que nos rodean de preservarnos de peligros. Eso en un principio y, con los años, para mantenernos a salvo en nuestra burbuja de protección de lo éticamente incorrecto. Los infantes son la arcilla de los padres alfareros.

En cuanto nuesto desarrollo cognitivo nos permite vislumbrar las lagunas que presenta el ''Mátrix'' paternal, como por ejemplo que nuestros padres se salten la mitad de las normas que imponen -porque ellos si tienen capacidad para ello-, la realidad comienza a parecernos insulsa, artificial y sobretodo interesada. Mundo de mayores. Bah, no es para tanto.

Entonces llegamos a la adolescencia, dura etapa marcada por los cambios fisiológicos más importantes de nuestra vida y por la evolución de nuestro cerebro racional algo mas tarde. Éste nos permite no sólo llegar al quid de los errores del programa parental, sino revelarnos internamente contra él. Se produce entonces el distanciamiento hacia los padres, hacia esa viciada sociedad creada por los que ya llevan más distancia recorrida del valle de lágrimas. Hipocresía al prohibir lo que ellos luego realizan, peticiones hacia tu persona algo chocantes: hijo tu no vayas a fumar nunca que es malísimo ¿eh? Pero hazme el favor de pasarme el paquete de Fortuna anda.

Se produce entonces un rebelde en potencia, que podrá o no serlo en acto dependiendo de sus anteriores vivencias y de lo apegado que esté al mundo que le moldearon en principio. Con los años vamos perdiendo el componente iracundo de la rebeldía y nos paramos más a pensar las cosas, paralelamente a la maduración de la corteza cerebral; aquella que nos hace seres racionales.

A partir de ahí la inmensa mayoría de rebeldes profesa una mansa religión de disconfort, que como máximo expondrá su desacuerdo ante su selecto grupo de compañeros de carácter parecido, o escribiendo un texto a sí mismo como yo. Pero ya está hecho casi todo. La alienante máquina de la sociedad extraerá las impurezas reivindicadoras de otra posible realidad, y nos encomendará a realizar una labor de retroalimentación que la mantenga. Por tanto acabaremos sirviendo a la génesis de nuestros males de antaño. Absortos por esta nueva realidad, rendiremos culto a esta nueva creencia, hasta el punto de ser fanatistas de tan desalmado vórtice de pseudoeducación.

Esta atmósfera manida no hará más que restar lo poco de humanidad que quede en nuestros cuerpos y sólo unos cuantos elegidos de equilibrado cerebro altruista serán capaces de hacerles frente para, como mucho, rescatar resquicios de cuando aún se añoraba el ''Mátrix'' paternal, pero con la lección bien aprendida. Entonces se reirán de su lucha interna contra el mundo en épocas pasadas y buscarán la belleza en lo simple, de nuevo rebeldes.

El problema es que cuando seamos lo bastante sabios como para practicar un decente levantamiento contra el sistema, lo que nos costará sera el levantamiento del sillón en que estemos postrados.

QUE DURA ES LA VIDA.

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